25 mayo 2017

Momentos de nostalgia

"Algún día serás lo suficientemente viejo como para leer cuentos de hadas otra vez. "
C.S. Lewis


¿Quién no ha querido volver a ser niño? Volver a pasar el día viendo televisión y comiendo dulces, volver a los tiempos de juegos, idas al parque y pintar con los dedos, volver a ver el mundo con ojos llenos de ilusión, como si todo fuera mágico, todo especial. Creer en hadas, y en Santa, y en un ratón de apellido latino que se escabullía entre las almohadas para dejar monedas.
Era más fácil cuando el mundo era más pequeño, y nosotros sabíamos mucho menos.
O quizás... Quizás sabíamos más. ¿Sabrán los niños algo que no sabemos, un secreto mágico-místico que olvidamos al crecer, cuando nuestras vidas se llenan de preocupaciones y el mundo se hace demasiado grande, cuando los juegos se quedan cortos y comenzamos a entender otras cosas?
O al menos, creemos entenderlas. 
A veces me gustaría recordar ese secreto. Me gustaría ver las cosas como las vi aquella primera vez, y soñar con ríos de chocolate y estrellas de caramelo. Me gustaría no pensar en peligros y en problemas, y en todo lo que podría salir mal. Me gustaría creer que hay hadas volando afuera de mi ventana, y que las flores cantan, como en Alicia en el país de las maravillas. Me gustaría creer que escondida entre las estrellas se encuentra la isla de Nunca Jamás.
Me gustaría ser demasiado joven para entender, o quizás, ser lo suficientemente joven como para entenderlo todo.
Dicen, sin embargo. Que nunca dejamos de ser niños. Que en el fondo, incluso el más sabio de los adultos es sólo un niño, explorando el mundo, comprendiendo más y más cada día, soñando con tierras de fantasía donde los juegos nunca terminan y todo está bien.
Quizás, mientras más sabios somos, más niños nos volvemos. 
Cuando dejamos atrás los formalismos, cuando vamos más allá de lo políticamente correcto, y vemos la vida por encima de las complicaciones innecesarias de la adultez. ¿Qué nos hacía estar equivocados entonces, era sólo por comprender lo simple de las cosas, acaso? ¿No era entonces cuando nuestros padres sonrían afectuosamente y decían "Eres demasiado pequeño, te lo explicaré cuando seas grande" y nosotros simplemente no podíamos esperar?
Aren't we?
Y ahora somos grandes, y fingimos que entendemos. Fingimos que todo tiene sentido, cuando realmente no lo tiene. Fingimos que Alicia en el país de las maravillas no es más que un cuento, que nuestro mundo tiene pies y cabeza. Nos vanagloriamos de tener todos los pies bien puestos sobre la tierra.

Quizás, haciéndolo, nos complicamos demasiado la vida, creando normas y predicamentos que, a la larga, aprendemos no sirvieron de nada. Dejamos atrás los sueños infantiles, creyéndonos maduros, y luego nos arrepentimos de habernos dejado a nosotros atrás también. De que la persona que nos hemos convertido, seria, madura, independiente, no es más que un niño pequeño, muy en el fondo, diciéndose una y otra vez "Soy grande ahora, mírenme... ¿Por qué aún no comprendo? ¿Por qué ahora todo es más difícil?"
Y nos arrepentimos de haber olvidado aquello que creímos no importaba, y que resultó ser lo más importante. 
Quizás, todos deberíamos volver a soñar, ver el mundo como debería ser, como dice la cita de este blog, como queremos que sea, como nos de la gana. Quizás seríamos más sabios entonces, más felices. Quizás terminarían todos nuestros prejuicios y nuestros problemas. ¿No entienden los niños siempre que todos somos iguales, que la solución adecuada no es sino la más simple? El mundo es grande, sí, pero ¿eso a quién le importa, siempre que haya cuentos que leer, aventuras que vivir, juegos que jugar?
Quizás... Estoy soñando demasiado, quizás es imposible. Después de todo, como decía Oscar Wilde, "no soy lo suficientemente joven para saberlo todo."



Sin más nada que decir, se despide,
S.C.




24 mayo 2017

La ansiedad del suspenso

Mi papá suele decir que resulta más fácil ver los toros desde la barrera. No sé de donde proviene el refrán, pero sí que se refiere a lo fácil que es hablar de algo que no se está viviendo en carne propia. A lo fácil que es juzgar, sin conocer. A lo simple que se ve algo cuando lo ves desde afuera.
Bueno, este no es el caso. 
Porque desde donde estoy parada, las cosas se ven muy, muy feas.
Y no ha sido particularmente fácil. Últimamente tengo la sensación de estar hecha de goma, como una liga. De que tiran de mí por ambos extremos, y que sólo falta un poco más de presión para que finalmente explote. Es la misma sensación que me embarga cada vez que escucho que alguna persona que conozco va a ir a protestar. 
Una parte de mí quiere decirle a mis amigos, a mis conocidos, a las personas que podría no volver a ver: "Quédense en casa, no vayan."
Y otra parte, otra parte que entiende la ira, los años de resentimiento, que es consciente de que todo esto tiene que valer la pena, sabe que no hay fuerza en la tierra que sería capaz de detenerlo. No puedes detener un huracán con las manos, no puedes devolver el genio a la botella. Ha comenzado, y no hay vuelta atrás.
Pero no puedo evitar pensar que podría llegar el día en que escuche de otra muerte, y esta vez, otra vez, vuelva a ser alguien cercano a mí. El día en que volvamos a las aulas de clase, y haya puestos vacíos, y todos sepamos por qué. 
No puedo detenerlos, como no puedo detener la marea. 
No conozco a muchos, se puede decir que a la mayoría, pero algún día me gustaría hacerlo. Me gustaría sentarme con ellos, cuando todo termine, y escuchar sus historias, decirles lo valientes que fueron, incluso cuando no los apoyo del todo, incluso cuando no entienda muchas de sus ideas. Lo valientes que fueron por dar aquel paso que nadie más se atrevía, por arriesgar sus vidas por un cambio que deseaban tan desesperadamente. Me gustaría saber que fueron felices, que lo lograron, que están a salvo.
Cuídense, chicos. Tengan muchísimo cuidado. No se rindan, pero permanezcan a salvo.
Quiero poder conocerlos a todos.




Sin más nada que decir, se despide desde la barrera, 
S.C.

22 mayo 2017

Oda a la tolerancia

Estamos en una época de cambio.
No hace falta salir de tu casa para saber eso. No hace falta ver las noticias, o el teléfono. Está en el aire, como las corrientes traídas por la marea. Está tan cerca que si estiras los dedos, puedes palparlo. Ha llegado el momento, luego de tantos años.
La cosa es, ¿sabremos aprovecharlo? Después de todo, no basta sólo con lograrlo. No basta con empujar al otro de la silla y tomar asiento.
Un cambio de rumbo incluye también un cambio de mentalidad. Sino, no se va a ningún lado. Sin comprensión y raciocinio, flotamos a la deriva. 
Y eso es algo que muchas personas no parecen entender. ¿Cómo esperan cambiar el mundo, si no están dispuestos a aceptar una idea opuesta a la suya? ¿Cómo esperan ser escuchados, si no escuchan? ¿En qué momento nos volvimos tan ignorantes, como para convertir un debate no en una oportunidad para exponer nuestro punto, sino en otra ocasión para decirle al otro por qué está equivocado y por qué es un idiota sólo por pensar diferente?
¿En qué momento, incluso los que pensamos igual, nos convertimos en rivales?
Debió ser el mismo instante en que olvidamos que todos los extremos son malos, que el radicalismo es una postura tan mala como la misma cadena que nos aprisiona. Que es gracias al extremismo que estamos en la situación de la que tanto luchamos por salir. 
Luchar por algo bueno no te justifica para denigrar a los que no apoyan tu postura, o a los que lo hacen pero no actúan como tú. Ese es el principio que nos ha llevado a esto. Esa es la razón por la que seguimos perdidos en la ignorancia y la intolerancia. 
Qué bonita palabra, ¿no?: T-O-L-E-R-A-N-C-I-A 
"No comparto tus ideas, las tolero."
Porque soy un ser humano pensante, y tú también lo eres, y mis creencias no cambian las tuyas. Porque pueden gustarnos distintas cosas, o podemos soñar con cosas distintas, o podemos creer que existe otro camino para llegar a ellas, pero no por eso tú tienes razón y yo no. Y no por eso estás equivocado. No por eso debo obligarte a aceptar mi idea.
Eso es lo que tanto nos falta. Tolerancia.
Cómo me gustaría llegar a ver un país que escucha opiniones, un país que, luego de tanto jactarse de que lo hará, esté abierto al diálogo, al cambio, a la comprensión.
Pero en el momento en el que más lo necesitamos, a la hora de la verdad, damos muestra de falta de aquello que más deberíamos ofertar: Respeto, paciencia, y sobre todo, tolerancia. 

Sin más nada que decir, se despide,
S.C. 

Desde el otro lado del cristal

Hola a todos. Espero se encuentren bien. O todo lo bien que se puede estar, si vives por aquí. 
Tenía bastante tiempo sin actualizar este blog, y lo cierto es que últimamente he estado muy enfocada en mis estudios y mi carrera. Tan enfocada, que bastó un trágico suceso para hacerme ver lo ciega que estaba siendo ante la situación de Venezuela. Una cachetada del señor Universo, que asomó su cabeza para gritarme que prestara atención.
Verán, cuando trabajas en un hospital, o con heridos en general, poco a poco aprendes a hacerte más fuerte. No es indiferencia, no es falta de empatía. Sientes el dolor del paciente, y quieres hacer todo lo posible por ayudarlo, todo cuanto esté en tus manos para que se reponga... Pero es como si miraras todo a través de un cristal grueso; todo se ve borroso, distante, difuminado por la lejanía y por el tratarse de un perfecto extraño.
En medicina, llaman a eso despersonalización
Suena cruel, lo sé. No crean que lo ignoro. Los pacientes son personas, son seres vivos que sienten, que adolecen, que tienen una familia que los quiere y que reza en la sala de espera porque puedan verlos otra vez. Y suena más cruel decir esto, pero es la única manera que tenemos para sobrellevar nuestra situación en medio de la tragedia. De no ser por el cristal, no seríamos capaces de funcionar. 
Y pasas tanto tiempo detrás del cristal que se te olvida cómo se siente la vida desde el otro lado.
Pero luego llega un suceso que rompe el cristal. Un momento en el que sientes el dolor, la desesperación, la frustración y la impotencia. Un momento en que quisieras volver el tiempo atrás, donde las cosas eran mejores, donde podías fingir que esas cosas no te ocurrirían a ti.
Y ya no puedes despersonalizarte.
Hace unos días asesinaron a un chico en las protestas de mi país. Un chico de mi edad, de mi ciudad, y que como yo, estudiaba medicina.
Un chico de mi promoción.
Nunca lo conocí, jamás hablé con él, nunca tocamos juntos en ninguna materia... Y sin embargo, no podía dejar de llorar. Porque hasta entonces no había sido consciente del horror que vivía mi país. Hasta entonces las más de 50 muertes dolían, sí, y me llenaban de rabia, pero parecían lejanas, desde el otro lado del cristal.
Lloré porque pude haber sido yo, y sé lo egoísta que suena eso.
Lloré porque no pude evitar pensar, que ya no era algo lejano. Que podían ser mis amigos, mis familiares, o incluso yo, los que terminaran perdiendo la vida. Lloré porque esa mañana, horas antes, mi mayor preocupación había sido si tendría o no clase ese día. Ese chico estaba luchando por su país, por mí país, y yo estaba pensando en una maldita clase, y en graduarme lo más pronto posible. Mientras él agonizaba, yo pensaba en lo fastidioso que era esquivar las barricadas para llegar a mi casa.
Y de un momento a otro, fui consciente que, en medio de esta debacle, podría perder a alguien que quería.
Lloré porque pensé en mis padres, en que ese chico también los tenía. En que quizás trabajaban todo el día, como los míos, y sólo podían decirle "Ten cuidado" mientras se alejaba. Quizás, también, le pidieron que les enviara un mensaje de texto al llegar a casa, y ese día no lo recibieron.
Duele como no tienen idea, porque de algún modo, soy él. Ambos estudiamos las mismas materias, ambos nos desvelamos estudiando, ambos pasamos días y noches enteras en un hospital. Ambos soñábamos con lo mismo, con un título y con la oportunidad de ejercer la carrera que nos apasiona.
Y sólo se me ocurren cosas estúpidas, como que quizás estaba "jalando" las vacaciones, o esperaba el estreno de alguna película. Quizás seguía alguna serie en la televisión, o quería viajar este año, o se preocupaba por algún familiar enfermo.
Duele porque a diferencia de mí, él luchaba por un país mejor. Un país en el que creía, y que no llegará a ver cambiar. Porque luchó por reescribir la historia, y no sabrá el final del capítulo.
Duele porque es muy cerca, y el cristal ya no existe. Porque jamás lo conoceré, pero al mismo tiempo, lo conozco. Como conozco a los otros más de 50 que dan la vida por aquello en lo que creen con todo el corazón. Duele porque hay días donde me pregunto si esto se dirige hacia algún lado, si no deambulamos como ciegos en la oscuridad, si no nos precipitamos al vacío. Porque me aferro al optimismo como si fuera un paracaídas.
Duele porque lucho por convencerme que en algún momento esto valdrá la pena. Y duele como me duele mi país, mi maltratada Venezuela, que sufre todos los días:
A carne viva, y en lo más profundo de mis huesos.

Descansa en Paz, Paul Moreno. Y que en Paz descansen todos los que han dado sus vidas luchando por nuestra libertad, y por un futuro mejor en el que creen, así parezca imposible.



Sin palabras,
S.C. (Co-bloggeando con Mel e Isa)


08 junio 2016

Las tres pruebas de la luna

¡Hola! Espero estén teniendo una buena semana. Jeje la mía ha estado algo ocupada.
Quiero compartir con ustedes un cuento que envié a un concurso en Wattpad recientemente (el que les mencioné en la entrada anterior) y anunciarles que quedé en segundo lugar :D ¡Yeeeey!
En la fase, teníamos que tomar cinco palabras de una imagen y hacer un cuento infantil.
Este se llama: Las tres pruebas de la luna.
Porque no hay cuento de hadas sin "Había una vez..."


Cuenta la leyenda  que, hace mucho, mucho tiempo, cuando el mundo era joven, vivió en la tierra de los dioses y los titanes, de las ninfas y las musas, una joven con una voz tan hermosa, que todos los hombres al oírla rompían en llanto. Tan melodiosa, que los pájaros se desplomaban en los árboles, incapaces de imitar un canto como ese. Emperadores de todos los confines del mundo venían a Grecia con la esperanza de escuchar siquiera una palabra de su boca, y sus corazones lloraban al momento de partir, con la esperanza de volver a verla. 
Su nombre era Selene. 
Se dice que no era una princesa, ni de noble cuna.  No era una ninfa, una musa, una diosa, ni mucho menos una titánide. Selene era humana, humilde, y la sirvienta de una anciana mujer ciega, llamada Astrea, que vivía en una cabaña en los linderos del bosque Eco. Al igual que su voz, la joven era hermosa, con cabellos negros como el carbón y piel aceitunada. Era amable, inteligente, educada y paciente, y amaba a Astrea como a una abuela, pues siempre había sido buena con ella.
Se rumoraba que la anciana, en su juventud, había sido una muy poderosa bruja, capaz de derrumbar templos enteros con un simple hechizo. La mujer había encontrado a Selene de pequeña,  vagando por el bosque, sin idea de cómo había llegado allí. No podía recordarlo, pero Astrea aseguraba que su llanto y su desolación rebotaban en el viento en un eco interminable. La había llevado a su casa, y le había dado un hogar.
A cambio, Selene limpiaba la cabaña de Astrea, lavaba su ropa y preparaba sus comidas. Le gustaba ir al bosque, pues le permitía distraerse de sus quehaceres y cantar, su voz perdiéndose en la lejanía, para volver a ella en un murmullo quedo. 
Un día, cuando Selene regresaba de buscar setas, Astrea la escuchó cantar, y su corazón se llenó de preocupación. Cuando la joven entró en la cabaña, la anciana dijo:
-Hija mía, ten cuidado. El bosque está lleno de peligros, y los seres oscuros aman las cosas hermosas. Canta cuando nadie pueda oírte.
Selene, que preparaba la cena, asintió sin darse la vuelta.
-Sí, nana.
Pero la joven partió al bosque al día siguiente, y olvidó el consejo de Astrea. La pureza de su corazón la hacía incapaz de pensar mal de los demás, y no creía que alguien pudiera hacerle daño. 
La cascada tintineaba, el agua cristalina chocando contra las rocas, y Selene cantó con ellas mientras recogía flores. Al volver la joven a casa, la anciana escuchó pasos que la seguían, y que desaparecían tan pronto alcanzaba el camino de la entrada.
-Hija mía -dijo la anciana, cuando Selene entró en la cabaña- Ten cuidado. Tu voz ha atraído a las sombras, que aman las cosas hermosas. Canta solo cuando sepas que no pueden oírte.
Y Selene, que acomodaba los narcisos que acababa de recoger en un jarrón de oro y plata, asintió sin siquiera darse la vuelta.
-Sí, nana.
Pero al día siguiente, cuando se adentró en el bosque, olvidó nuevamente las palabras de la anciana, presa de la dicha. Los pájaros cantaban en el claro, y Selene se unió a ellos, mientras buscaba madera para encender la chimenea. 
Detrás de ella apareció una silueta alta y delgada, cubierta por una capucha.
-¡Qué voz tan dulce! -decía, y su voz hizo que Selene se volviera, aterrada- ¡Qué voz tan dulce!
La sombra caminó hacia ella.
-Por favor, no me haga daño -No podía ver su rostro debajo de la capucha, solo oscuridad.
-¡Qué canto tan puro! -decía la silueta, y extendió una mano alargada hacia Selene- Como el corazón de una niña...
Las sombras salieron de sus dedos grisáceos, y Selene intentó correr, pero se enroscaron en torno a su pecho, rodeándola varias veces antes de desaparecer dentro de ella. 
-Ahora tu voz me pertenece.
La figura desapareció sin más, y la joven cayó de rodillas, buscando las sombras que la habían rodeado. Un frío insoportable se había alojado en su pecho, y a pesar de que su corazón latía a toda prisa, notó, horrorizada, que apenas y podía sentirlo, como si estuviera rodeado de hielo. 
Corrió de vuelta a la cabaña, y llorando, se arrodilló frente a la anciana, rodeando su cintura con sus brazos.
-¡Nana, algo horrible ha pasado! -sollozó, y le contó su encuentro con la sombra.
La anciana acarició sus cabellos, y suspiró, pesarosa.
-Hija mía, te advertí que no cantaras. Las sombras aman las cosas hermosas, y en su afán por poseerlas, suelen extinguirlas para siempre. La penumbra ha rodeado tu corazón, y sin él, no podrás volver a cantar.
El llanto de la joven era amargo, y el frío en su pecho aumentaba. 
-Nana, lo siento tanto. Debí escucharte –lloró- ¡Ahora jamás podré cantar de nuevo!
-No todo está perdido -dijo la mujer, y Selene alzó la cabeza, confundida- Hay una solución. 
-¿Qué cosa?
-Un hechizo. Uno muy antiguo, de los tiempos anteriores al sol. Puede apartar las sombras de tu corazón y darte tu voz de vuelta.
-¿Es cierto lo que dicen entonces, nana Astrea? ¿Es cierto que fuiste una bruja?
-Aún lo soy -concedió la anciana- Pero ya no puedo buscar los ingredientes que requiero. 
-Dime qué necesitas, nana -dijo Selene, poniéndose en pie con nueva resolución- Yo los buscaré por ti. 
-Antes de hacerlo, hay algo que debes saber: No son fáciles de conseguir. El camino es largo y arduo, incluso para una joven como tú.
-Haré lo que sea, nana. Estoy segura.
-Muy bien -dijo la bruja, asintiendo- Debes salir del pueblo, y tomar el sendero hacia la montaña de piedra. En lo alto encontrarás una cueva, y en ella a un dragón, de escamas blancas y negras. Necesito que me traigas una de cada color, pero han de ser de su cola. De cualquier otra parte de su cuerpo no servirán. 
-¿Un dragón, nana? -gritó la joven- ¿Cómo he de tomar sus escamas? ¡Podría devorarme!
La anciana se puso en pie y caminó hasta uno de los estantes, tomando una bolsa de cuero y tendiéndosela a la joven 
-Aquí hay algo que te ayudará, pero recuerda tener cuidado. El peso de los años puede cambiarnos.
Las palabras de la bruja no tenían sentido, pero Selene asintió, colgándose la bolsa al hombro.
-¿Cuál es el segundo ingrediente, nana Astrea?
-Más allá de esa cueva, si bajas por el otro lado, encontrarás un valle rodeado de árboles. Colgando de uno de estos, verás un panal de abejas. Necesito que me traigas un poco de su miel.
-¡Pero, nana! ¿Cómo evitaré que las abejas me piquen?
La anciana buscó en otro estante, y tendió a la joven una caja de madera oscura.
-Esto te ayudará. Pero recuerda tener cuidado. La confianza puede hacernos tropezar.
Y sin entender de nuevo qué quería decir la anciana, Selene guardó la pequeña caja dentro del saco.
-¿Algo más, nana?
-Hay un ingrediente más: Si sigues adelante, encontrarás al final del valle un sendero de piedra rojiza, que te llevará al mar. En la orilla de la playa veras una única flor. Necesito que me la arranques y me la traigas.
Sorprendió a la joven la facilidad de la última tarea, luego de la dificultad de las anteriores.
-Algo te molesta, mi niña -dijo la anciana.
-Estoy confundida, nana: ¿Por qué la última prueba es tan sencilla, comparada con las demás?
-¿Sencilla? ¡Hija mía, pero si es la más difícil de las tres! Tomar esa flor será la más dura de tus pruebas, y determinará qué tanto quieres volver a cantar.
Y Selene partió, despidiéndose de Astrea y abrazándola con fuerza. 
-¡Nana! No debería dejarte sola.
-Tonterías, mi niña. Estaré aquí cuando regreses -terció la bruja, apretando sus manos- Trae esos ingredientes, y retiraré las sombras de tu corazón.
La joven se fue, rumbo a la cueva en lo alto de la montaña, y a su primera prueba.
Al salir del pueblo, encontró un prado repleto de flores, todas de colores diferentes, y tan hermosas, que quiso quedarse allí para siempre.
Pero no podía detenerse.
-Cuando consiga mi voz, volveré aquí -se dijo, sin perder su resolución. 
Llegó a la montaña, y distinguió la cueva en lo alto. Para cuando se vio frente a esta, el sol ya había descendido, y la luna brillaba en el cielo. No podía ver más allá de sus pies, y menos lo que se escondía dentro de la cueva.
-¿Quién anda allí? -dijo una voz gruesa, y la joven contuvo el aliento. 
"¿Qué hago?" Pensó "Nana no mencionó nada sobre hablar con el dragón. ¡Ni siquiera que podía hablar! ¿Y si no se trata de él?"
-¿Quién anda allí? -repitió la voz, y Selene se dijo que lo mejor era responder.
-Mi nombre es Selene. La bruja Astrea me ha enviado, en busca de dos escamas del dragón que vive aquí. 
Un rugido reverberó en la oscuridad, y la joven se hizo a un lado con un grito de terror, cuando una llamarada salió de la cueva.
Pero las llamas pasaron lejos de la chica, incendiando unas rocas junto a la cueva, que permitieron a la joven distinguir al dragón.
Su rostro ocupaba casi toda la entrada, liso y afilado, y dos ojos verde esmeralda le devolvieron la mirada. Las escamas, blancas como la nieve y negras como la noche sin estrellas, se alternaban alrededor de su cara. Su cuello era blanco, con patrones negros en espiral que se extendían hasta su lomo.
El dragón no hablaba, su boca no se movía, pero las palabras llegaron a la mente de Selene con absoluta claridad.
-¿Cómo sé que Astrea te envió? -preguntó.
-¿Conoces a Astrea? -preguntó Selene, sorprendida.
-Fuimos amigos una vez -respondió el dragón- Y sabré si me estás mintiendo. 
La joven lo observó, aterrada, y se preguntó qué podría decir o hacer para que el dragón le creyera.
"Si me equivoco, me devorará" pensó. "¿Qué hago?"
-¿Y bien? -preguntó el dragón, inclinando la cabeza.
-Yo... -de repente, recordó las palabras de su nana, y buscó en su bolso. Además de la caja, había una única fruta: Una granada enorme- Ella... Me dijo... Que te diera esto. 
Mostró la fruta, extendiendo el brazo y temblando de pies a cabeza. El dragón la observó atentamente, y se acercó hacia ella, haciendo que la joven contuviera el impulso de salir corriendo. 
Pero el dragón solo olisqueó la fruta, antes de emitir un gruñido de aprobación y tomarla con su larga lengua, engulléndola de un bocado.
-¿Y para qué quiere Astrea mis escamas esta vez? Hacía años que no escuchaba de ella.
“El peso de los años puede cambiarnos”
La joven se preguntó si debía responder, pero recordó que el dragón le había advertido que era capaz de saber cuándo mentía. 
-Las necesita para un hechizo, pero ya no puede buscarlas por su cuenta. El peso de los años es capaz de cambiar muchas cosas…
El dragón pareció complacido.
-Eso es cierto. Bien, puedes tomarlas, pero solo dos –dijo- Y busca entre mis tesoros una copa de oro con flores blancas. Mi regalo a cambio de la fruta.
Selene hizo lo que el dragón decía.
-Debo buscar el resto de los ingredientes, pero agradezco mucho su ayuda. 
-Lo que sea por una vieja amiga. 
Selene continuó su camino, descendiendo la montaña y adentrándose en otro bosque, más espeso que cualquiera que hubiera visto. Las ramas se entrelazaban sobre su cabeza, dejando apenas ver los rayos del sol, que comenzaba a asomarse. El bosque estaba lleno de senderos, amplios y bien cuidados, y los pájaros cantaban a su alrededor, dándole un aire apacible.
"Me gustaría poder explorar todos los caminos" pensó con un suspiro, sin perder su determinación "Cuando consiga mi voz, volveré a este lugar."
Más allá del bosque, encontró el valle del que le había hablado Astrea, y en uno de los árboles, distinguió el panal de abejas.
Caminó hacia este, y ahogó un grito cuando una de las abejas salió del panal, dirigiéndose a ella.
-¿Quién eres, y qué haces en nuestro valle? -habló la abeja. 
-Mi nombre es Selene -dijo- La bruja Astrea me ha enviado, en busca de un poco de miel de su panal.
-¿Astrea? -la abeja zumbó, contenta- ¡Mi vieja amiga Astrea! ¡Ven, ven, toma toda la miel que quieras! Mis hermanas no están en casa. 
Selene sonrió: ¡Qué fácil había sido! Buscó en el saco la caja que le había dado Astrea, y dio un par de pasos hacia el panal, extendiendo una mano hacia él.
De golpe, llegaron a ella las palabras de la bruja: "La confianza puede hacernos tropezar"
"Es demasiado fácil"
-¿Ocurre algo, niña? -preguntó la abeja, cuando Selene bajó la mano, abriendo la caja y viendo su contenido.
-¿A dónde fueron tus hermanas?- preguntó, con suspicacia. 
-A un panal vecino -respondió la abeja con naturalidad.
-Es el único panal aquí -dijo la joven- ¿Y no es un zumbido eso que escucho?
-¡Niña lista! -zumbó la abeja, y un coro de zumbidos retumbó en el valle- ¡Qué niña más lista! ¡Nos descubriste!
Un nubarrón negro salió zumbando del panal, enroscándose en el aire y dirigiendo sus aguijones hacia Selene. La joven gritó, y a toda prisa sacó aquello que la bruja le había dado, lanzándoselo a las abejas.
La red, plateada, brillante e intrincada, las atrapó a todas y cayó al suelo pesadamente, impidiéndoles levantarse.
-Muchas gracias por su ayuda -dijo, colocando la miel dentro de la caja de madera. 
Y siguió adelante, cruzando el amplio valle, hacia el sendero de adoquines rojos que Astrea había descrito. Cuando lo alcanzó, el sol comenzaba a descender, y brillaba sobre los adoquines, tan deslumbrante como las llamas del dragón.
A su alrededor, el césped pasó a roca y arena, y el camino llegó a un gran círculo, dividiéndose en una docena de caminos más.
-¿Y ahora a dónde voy? -se preguntó en voz alta, abatida.
-Depende de a dónde quieras ir- dijo una voz a sus espaldas.
Al darse la vuelta vio que se trataba de un joven, de ojos azules y cabellos dorados. Vestía ropas propias de la realeza.
-¿Quién eres? -preguntó.
-Mi nombre es Selene- dijo- Quisiera encontrar el camino al mar. 
-Te llevaré hasta allí -dijo- Mi nombre es Ícaro, y mi padre, el rey, es dueño de estas tierras.
-Muchas gracias, Alteza.
El príncipe señaló el sendero de la derecha, y ambos caminaron juntos, rodeados por el rugir del viento.
-¿Y por qué quieres ir al mar?
-Mi ama, la bruja Astrea, me envió hasta allá en busca de una flor -explicó la joven- He venido por ella desde muy lejos.
-¿Por una simple flor? -preguntó el príncipe, aunque parecía incómodo.
-Verá, Alteza, Astrea me advirtió que no debía de cantar en el bosque, pues mi voz podría atraer a las sombras. No escuché su consejo, y las sombras rodearon mi corazón, impidiéndome cantar, que es lo que más amo hacer.
-¿No podrás volver a hacerlo?
-No sin su ayuda. Verá, conoce un hechizo que puede retirar las sombras de mi corazón, y eso me permitirá cantar nuevamente.
-Estamos en busca de tu pasión perdida -dijo, algo abatido- Un honor ayudarte a encontrarla. 
En el camino, Ícaro habló a Selene sobre la vida en su reino: Como su padre se había asegurado de que su pueblo siempre fuera feliz, de que a sus súbditos jamás les faltara nada, y era tan amado por todos, que los reyes vecinos enviaban espías, en busca de su secreto. 
-Suena como un lugar maravilloso.
-Podrías vivir aquí, si quisieras- dijo, sonriendo.
Selene quería quedarse un tiempo en aquel reino ideal, pero deseaba recuperar su voz más que nada en el mundo.
-Una vez el hechizo funcione, vendré de visita, y podrás contarme más cosas.
Ícaro se entristeció, pero asintió de todas formas.
-Esperaré con ansias.
Llegaron entonces al mar, y Selene contuvo el aliento ante el azul imponente frente a ellos. El olor de la briza marina era embriagador, y las olas rozaban la orilla en un baño de espuma.
-¡Nunca había visto algo más hermoso! –dijo, con algo de pesar- ¡Cómo lo extrañaré cuando parta!
-El mar tiene ese efecto en la gente- rió el príncipe- Y allí está la flor que buscas.
Señaló hacia un punto en la arena blanca y suave, donde las rocas se elevaban un poco, permitiendo que las olas no dañaran la flor. Esta era una rosa rojo carmín, como los adoquines que habían dejado atrás, y como las ropas del príncipe. El perfume de sus pétalos se mezclaba con el olor del agua salada.
-¡Al fin, el último ingrediente! –exclamó la joven, corriendo hacia ella.
Pero en el momento en que sus manos rozaron el tallo de la flor, el príncipe gimió, desplomándose en el suelo.
-¡Ícaro! –Selene soltó la rosa, causando que algunos pétalos cayeran, y corrió a su lado- ¿Estás herido?
El joven estaba pálido, y sacudió la cabeza, sonriendo con tristeza.
-¿Has tomado la rosa?
-No, no lo hice –sus ojos se abrieron desmesuradamente- ¿Es eso lo que te ha hecho daño?
-Me temo que sí –dijo, y se sentó trabajosamente, mirando a la joven- Verás, cuando era pequeño, estuve a punto de morir, presa de la fiebre. Mis padres acudieron a una bruja, y ella consiguió salvarme, pero a cambio, unió mi vida a la de esta rosa.
-Pero entonces –dijo Selene- Si la arranco…
-Arrancarás mi vida con ella. No puedo vivir si la rosa muere.
-¡¿Por qué no trataste de detenerme?! –exclamó ella.
-Porque estoy dispuesto a pagar el precio, con tal de que puedas cantar de nuevo.
-Si nunca me has escuchado…
-Una vez, hace mucho tiempo, visité una tierra extraña, que no era gobernada por reyes, sino por Dioses, y donde criaturas fantásticas hacían cosas increíbles. Había escuchado la historia de una hermosa joven, cuya voz era capaz de hacer crecer las flores. Fui hasta el bosque donde decían que se escuchaba su voz, y el eco de los árboles trajo tu canción hasta mí. No fui capaz de hablarte, pero, ya entonces, estaba seguro de que daría lo que fuera por escuchar tu voz de nuevo. Ahora que te he conocido, sólo quiero hacer todo cuanto está en mi poder para hacerte feliz.
-Pero, morirás… –dijo ella débilmente.
-Y lo haré con gusto, si eso te permite recuperar tu corazón –dijo el muchacho- Y te marcharás con el mío también. Incluso si viviera, no sería capaz de amar a otra mujer.
Los ojos de Selene fueron a la rosa, apenas a unos pasos de distancia. Podría hacerlo, Ícaro le había dado permiso. Podría regresar, y recuperar su voz…
Pero no, no era capaz. Ahora había algo más importante que cantar.
-No lo haré, no acabaré con tu vida –dijo, decidida.
-Jamás volverás a cantar…
-¿Y cómo podrá mi corazón ser feliz, si te lo habrás llevado contigo? -dijo ella- Ahora que te he conocido, cantar no es lo que más deseo en este mundo. También te amo, y quiero quedarme a tu lado.
El joven sonrió, abrazándola, y acunó su rostro entre sus manos.
-¡No sabes lo feliz que me haces! –exclamó.
Cuando se besaron, una luz brillante destelló en la playa. Selene cerró los ojos, y una cálida sensación se abrió paso en su pecho, los latidos de su corazón, fuertes y acelerados.
-¡El hielo! –gritó- ¡Las sombras, ya no están!
-¡La rosa! –ambos giraron la cabeza. La rosa yacía, marchita, sobre las rocas- ¡El hechizo se rompió!
-Pero, ¿cómo es posible? –preguntó Selene.
Otra luz destelló en la playa, y sobre las olas apareció la anciana Astrea, que ante ellos, se convirtió en una hermosa joven, de cabellos rizados y cobrizos.
-¡Nana Astrea! ¿Qué ha ocurrido?
-El amor verdadero es la magia más poderosa que existe –dijo la bruja- Ha roto todos los hechizos que los ataban, y ahora ambos son libres.
<<Hay algo que debes saber, Selene: Tus padres fueron asesinados por las sombras cuando eras muy pequeña, y Zeus me encomendó a tu cuidado, hasta que fueras capaz de valerte por ti misma. Los ingredientes que te he mandado a buscar no eran para un hechizo, sino para demostrarte tu propio valor, y tu capacidad de afrontar cualquier obstáculo que se pusiera en su camino. Las cosas que has visto y el amor que encontraste, eso fue lo que derritió el hielo en tu corazón, algo que ningún hechizo podría. Y ahora que has logrado salir victoriosa, es momento de que regrese a mi hogar.
Selene corrió hacia la bruja, abrazándola con fuerza.
-¡Gracias, nana, por enseñarme el camino! –exclamó- ¿Volveré a verte algún día?
-Sí, mi niña. Pero ahora, has de ver el mundo por ti misma.
Y despidiéndose de ambos, desapareció en un haz de luz.
Ambos jóvenes partieron al castillo, donde el rey los recibió calurosamente, y el reino entero celebró el éxito de los jóvenes, cuyo amor había logrado vencer todas las dificultades. Selene e Ícaro se casaron, y juntos recorrieron el mundo, conociendo maravillas indescriptibles.
Y ninguno de los dos volvió a conocer la pena, pues vivieron felices para siempre.


FIN


"Y vivieron felices para siempre"

Espero les haya gustado. Sin más nada que decir, se despide,
S.C. (co-bloggeando con Mel e Isabella)
Visita mi perfil en wattpad :)

05 junio 2016

De lo agridulce de la rutina

¡Hola! Espero se encuentren bien. Tengo tiempo sin pasarme por aquí. 
Estoy participando en un concurso en Wattpad, y esta fue la historia que envié para la primera fase. En el concurso, los moduladores colocan una foto, y debemos hacer una historia basada en ella. 
Esta se llama "Lo agridulce de la rutina"

You took me to your favorite place on earth
To see the tree they cut down ten years from your birth...
Our fingers traced in circles round its history
We brushed our hands right back in time through centuries


Dicen que tu vida pasa frente a tus ojos cuando mueres. 
A Elías no le sorprendió verla a ella. 
Sus ojos negros llegaron a él como un relámpago, su silueta recortada contra la luz de la mañana, la manera en que suspiraba cuando la besaba. Sus pies descalzos, dejando una estela sobre la arena, el calor de su mano sobre la suya...
Ese día, su último día, con la respiración entrecortada, Elías no pensó en el cuerpo de Catalina, ni en la magia de sus manos, ni en todo el poder que poseía, capaz de sacudir la tierra y enturbiar los cielos.
La imagen que vino a su mente fue la de aquel verano fugaz, tantos años atrás, donde habían burlado al mundo en un último grito de rebeldía. Donde una pequeña casa a la orilla del mar bastó para albergar todas las mentiras que se susurraban al oído entre besos apasionados: Mentiras sobre un mundo diferente, y como nadie podría separarlos. Sobre cómo forjarían su propio destino, lejos de ambos bandos. 
Y por triste que parezca, ambos creían que era cierto. Entonces estaban llenos de sueños. Alcanzar las estrellas parecía posible, bastaba con acercar sus labios a los suyos, y volarían como globos de helio hacia la bóveda celeste, para perderse en la lejanía.
No pensó en sus momentos más sublimes, cuando había construido naciones con las yemas de sus dedos, cuando sus poderes habían salvado aldeas enteras. No pensó en el calor del lecho, ni en lo suave de su piel. No puso mucho ahínco en la suavidad con la que sus dedos rozaban las teclas del piano, cuando creía que no podía oírla. 
Fue el instante más trivial de todos aquellos. Uno que hasta entonces había olvidado, uno que había enterrado bajo el resto de cosas que convertían a Catalina en la fuerza indetenible que era.
Era una mañana como cualquier otra, y los rayos del sol se colaban a través de las ventanas abiertas de la cabaña.
Estaban en la cama, juntos, aunque la atmósfera no tenía nada del calor de la noche anterior. Él desayunaba, el plato de cereal frío desatendido desde hacía varios minutos, sus ojos fijos en ella, que leía uno de sus libros favoritos. 
Su pijama blanca parecía fundirse con las sábanas, y el suave bamboleo de sus pies, junto al murmullo cercano de las olas, le dio la sensación de encontrarse flotando entre la espuma del mar, con ella.
Ella. 
No lo miraba, tenía los ojos fijos en el libro, el ceño ligeramente fruncido por la concentración. Sus manos, manos que podían construir y destruir, que amaban y odiaban, que podían derramar las suaves chispas celestes de un hechizo de sanación o las iracundas llamas rojas de un rayo lacerante, sujetaban entonces el libro sin ninguna preocupación, pasando las páginas con delicadeza.
De golpe, Catalina alzó la mirada, y sus ojos se encontraron con los suyos. Enarcó una ceja, su sonrisa apenas visible.
-¿Qué pasa?
Elías negó con la cabeza, inclinándose para besarla. 
-Eres hermosa. 
-Y tú un tonto –replicó ella, pero seguía sonriendo cuando volvió a su lectura. 
Se veía relajada, en paz, y se dijo que haría lo que fuera y daría cuanto tuviera por mantenerla así de feliz. Porque ese pequeño instante de monótona rutina durara para siempre. Porque siguieran flotando en medio de la espuma.
Pero el tiempo pasa, como siempre termina por hacer, y aquella mañana se hizo cada vez más lejana. La cabaña dejo de ser un lugar seguro, y ambos tuvieron que separarse, él, de vuelta con los humanos, ella, con sus hermanas, las hechiceras.
Y los años pasaron, y la promesa de volver a verse solo se unió al resto de las mentiras.
Excepto que el destino es cruel, y busca vengarse de aquellos que intentan desafiarlo. La guerra empeoró, la sangre tiñó ambos reinos, y Elías se vio de golpe en el campo de batalla.
Había tratado de zafarse, de permanecer al margen, y lo había logrado, o eso creía. Luego un día, al regresar, había encontrado el edificio donde vivía devorado por las llamas.
Por un momento, solo pudo contemplar, paralizado, como su hogar desaparecía. No podía dar del todo con el sentimiento, con la emoción que, lentamente, como humo a través de una perilla, fue creciendo en su pecho y enroscándose en su corazón.
No sabía decir cuándo había reaccionado, pero de un instante al otro había echado a correr, subiendo las escaleras a saltos en busca de sobrevivientes. 
Era un edificio de tres pisos. Las personas en la planta baja y el primer piso habían huido ya.
La familia del tercero no había tenido oportunidad. El techo había cedido sobre sus cabezas. Las llamas no lo dejaron siquiera alcanzar lo alto de la escalera, y solo pudo ver el derrumbe a la distancia. 
De su apartamento, en el segundo piso, salió ella, las chispas rojas aun manando de sus manos. 
Ella. 
De espaldas a él, observando el desastre como si nada pasara en lo absoluto. Como si no estuviera acabando con todo aquello que Elías había conocido.
Sintiendo su presencia, se dio la vuelta. Allí estaba Elías, de pie en las escaleras medio destruidas, y allí estaba Catalina, frente a su puerta.
Su expresión no dio muestra alguna de sorpresa.
-No deberías estar aquí -dijo simplemente, y la tranquilidad que emanaba hizo que la confusión de Elías diera paso a la rabia.
-¿Por qué, Catalina?
-Creerán que moriste -de nuevo, su voz  sonó fría, y sin embargo, creyó ver la tristeza en su mirada. Quizás solo quería que estuviera allí, creer así que se sentía culpable- Están buscándote, saben de nosotros.
No preguntó a quiénes se refería. Había sabido desde un principio a quienes molestaría al juntarse con una hechicera.
-Había personas inocentes.
-Siempre las hay.
Él estaba inmóvil. Su mano sujetaba con fuerza la balaustrada, y todo su cuerpo temblaba de rabia y de dolor, pero no podía moverse.
- No creí que fueras capaz de esto.
Podía escucharla, el día que se conocieron. El día que había hecho florecer antes de tiempo el jardín de su entrada, solo para entretenerlo.
"No todo en nosotros es malo" 
Le había creído.
-Siempre pensé que sería mejor para ti, si fuera la persona que crees que soy -dijo ella, y una breve sonrisa cruzó su rostro inexpresivo- Sé que no lo entiendes ahora, pero lo hice por ti, Elías. Para que pudieras comenzar de cero, para que...
Pero jamás supo qué esperaba de sus acciones, ni si creía que podría perdonarla (Ni siquiera él sabía si podría).
Un crujido retumbó en medio del pasillo, y las escaleras bajo sus pies terminaron de ceder, al mismo tiempo que los ojos de Catalina se abrían del golpe, la máscara en su rostro dando paso al pánico. 
Ella gritó su nombre. Vio las chispas en sus manos, blancas, cegadoras, mientras el suelo se abría debajo de él, pero era demasiado tarde.
Se precipitó hacia abajo, el viento zumbando en sus oídos, y en medio del shock buscó algo con lo que sostenerse, pero solo consiguió arañarse los brazos con las escaleras rotas.
Cayó violentamente sobre la planta baja, desmadejado como una muñeca de trapo. Todo su cuerpo ardía, como si las llamas lo hubieran envuelto en su calor antinatural. No podía moverse, no podía respirar. El edificio comenzó a dar vueltas...
Había dejado un agujero maltrecho en cada piso por donde había pasado, y a través de ellos, distinguió el agujero del techo.
Su mirada se perdió en las estrellas. Parecían brillar más que antes, como si se acercaran...
Y aunque ya no podía ver a Catalina, aunque no sabía siquiera si seguía adentro, pensó en ella. 
No volvió a preguntarse por qué había hecho lo que hizo. No vio su expresión inmutable, ni las chispas en sus manos, ni el temor  que la había invadido mientras él caía.
Flotaban sobre la espuma salada. Yacían en la cama, en la cabaña. Eran solo dos amantes, disfrutando de la mañana. Era solo un día más, donde seguían la misma rutina.
El comía, o lo intentaba. La miraba mientras leía. Podía seguir su lectura, si prestaba la atención suficiente... 
Y entonces, ella alzaba la mirada, y lo veía. Una sonrisa cruzaba sus labios.
Catalina, capaz de crear y destruir reinos, incapaz de sentir remordimiento alguno...
¿Cómo podría odiarla? Odiarla por ser dura, indomable, cruel como la naturaleza misma. Por ser un torbellino de color y nubes tormentosas, por ser indetenible, como la lluvia, por estar hecha de estrellas. ¿Cómo podía catalogarla como buena o mala, si la naturaleza no es ni una cosa ni la otra?
Quizás sí era un tonto, después de todo.

Los ojos de Elías se cerraron, rindiéndose ante la dulce inconsciencia. No alcanzó a ver a la figura de ojos negros que, en una nube blanca, lo cargó lejos del edificio, donde las llamas no podían hacerle daño. 

I'll see you in the future when we're older
And we are full of stories to be told
Cross my heart and hope to die
I'll see you, with your laughter lines...

Laughter Lines, por Bastille.



Espero les guste la historia. Sin más nada que decir, se despide


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