22 mayo 2017

Desde el otro lado del cristal

Hola a todos. Espero se encuentren bien. O todo lo bien que se puede estar, si vives por aquí. 
Tenía bastante tiempo sin actualizar este blog, y lo cierto es que últimamente he estado muy enfocada en mis estudios y mi carrera. Tan enfocada, que bastó un trágico suceso para hacerme ver lo ciega que estaba siendo ante la situación de Venezuela. Una cachetada del señor Universo, que asomó su cabeza para gritarme que prestara atención.
Verán, cuando trabajas en un hospital, o con heridos en general, poco a poco aprendes a hacerte más fuerte. No es indiferencia, no es falta de empatía. Sientes el dolor del paciente, y quieres hacer todo lo posible por ayudarlo, todo cuanto esté en tus manos para que se reponga... Pero es como si miraras todo a través de un cristal grueso; todo se ve borroso, distante, difuminado por la lejanía y por el tratarse de un perfecto extraño.
En medicina, llaman a eso despersonalización
Suena cruel, lo sé. No crean que lo ignoro. Los pacientes son personas, son seres vivos que sienten, que adolecen, que tienen una familia que los quiere y que reza en la sala de espera porque puedan verlos otra vez. Y suena más cruel decir esto, pero es la única manera que tenemos para sobrellevar nuestra situación en medio de la tragedia. De no ser por el cristal, no seríamos capaces de funcionar. 
Y pasas tanto tiempo detrás del cristal que se te olvida cómo se siente la vida desde el otro lado.
Pero luego llega un suceso que rompe el cristal. Un momento en el que sientes el dolor, la desesperación, la frustración y la impotencia. Un momento en que quisieras volver el tiempo atrás, donde las cosas eran mejores, donde podías fingir que esas cosas no te ocurrirían a ti.
Y ya no puedes despersonalizarte.
Hace unos días asesinaron a un chico en las protestas de mi país. Un chico de mi edad, de mi ciudad, y que como yo, estudiaba medicina.
Un chico de mi promoción.
Nunca lo conocí, jamás hablé con él, nunca tocamos juntos en ninguna materia... Y sin embargo, no podía dejar de llorar. Porque hasta entonces no había sido consciente del horror que vivía mi país. Hasta entonces las más de 50 muertes dolían, sí, y me llenaban de rabia, pero parecían lejanas, desde el otro lado del cristal.
Lloré porque pude haber sido yo, y sé lo egoísta que suena eso.
Lloré porque no pude evitar pensar, que ya no era algo lejano. Que podían ser mis amigos, mis familiares, o incluso yo, los que terminaran perdiendo la vida. Lloré porque esa mañana, horas antes, mi mayor preocupación había sido si tendría o no clase ese día. Ese chico estaba luchando por su país, por mí país, y yo estaba pensando en una maldita clase, y en graduarme lo más pronto posible. Mientras él agonizaba, yo pensaba en lo fastidioso que era esquivar las barricadas para llegar a mi casa.
Y de un momento a otro, fui consciente que, en medio de esta debacle, podría perder a alguien que quería.
Lloré porque pensé en mis padres, en que ese chico también los tenía. En que quizás trabajaban todo el día, como los míos, y sólo podían decirle "Ten cuidado" mientras se alejaba. Quizás, también, le pidieron que les enviara un mensaje de texto al llegar a casa, y ese día no lo recibieron.
Duele como no tienen idea, porque de algún modo, soy él. Ambos estudiamos las mismas materias, ambos nos desvelamos estudiando, ambos pasamos días y noches enteras en un hospital. Ambos soñábamos con lo mismo, con un título y con la oportunidad de ejercer la carrera que nos apasiona.
Y sólo se me ocurren cosas estúpidas, como que quizás estaba "jalando" las vacaciones, o esperaba el estreno de alguna película. Quizás seguía alguna serie en la televisión, o quería viajar este año, o se preocupaba por algún familiar enfermo.
Duele porque a diferencia de mí, él luchaba por un país mejor. Un país en el que creía, y que no llegará a ver cambiar. Porque luchó por reescribir la historia, y no sabrá el final del capítulo.
Duele porque es muy cerca, y el cristal ya no existe. Porque jamás lo conoceré, pero al mismo tiempo, lo conozco. Como conozco a los otros más de 50 que dan la vida por aquello en lo que creen con todo el corazón. Duele porque hay días donde me pregunto si esto se dirige hacia algún lado, si no deambulamos como ciegos en la oscuridad, si no nos precipitamos al vacío. Porque me aferro al optimismo como si fuera un paracaídas.
Duele porque lucho por convencerme que en algún momento esto valdrá la pena. Y duele como me duele mi país, mi maltratada Venezuela, que sufre todos los días:
A carne viva, y en lo más profundo de mis huesos.

Descansa en Paz, Paul Moreno. Y que en Paz descansen todos los que han dado sus vidas luchando por nuestra libertad, y por un futuro mejor en el que creen, así parezca imposible.



Sin palabras,
S.C. (Co-bloggeando con Mel e Isa)


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